Nunca fue tan fácil obtener la cantidad de información que podemos obtener hoy con un simple click o touch de pantalla.
Sin embargo, como se dice popularmente, "nada es gratis en la vida".
Con cada avance de la tecnología, se abre un inmenso abanico de posibilidades, pero estos avances tecnológicos, si bien en retrospectiva han sido históricamente muy positivos para nuestras sociedades y han mejorado sustancialmente nuestras vidas, también conllevan un costo y un riesgo; algo intrínseco a toda creación humana, dada su naturaleza dual.
El riesgo más prominente del libre acceso a la información, es que, dispersas entre los millones de sucesos reales que día a a día vemos documentados en diferentes medios y plataformas, existen lo que hoy denominamos "fake news"; noticias falsas o tendenciosas, que por un motivo u otro, alguien está interesado en dar a conocer a la sociedad.
Muchas veces las motivaciones son políticas, otras veces son ideológicas, y otras están relacionadas al mundo de los negocios y los mercados financieros: manchar la reputación de un adversario en campaña, instalar un cierto relato en el inconsciente colectivo para que la sociedad actúe de una forma determinada, interferir con los planes de la competencia, e incluso manipular los mercados para obtener ganancias o generar pérdidas, son algunas de las formas en las cuales las fake news pueden contribuir a que ciertos grupos o individuos logren un determinado objetivo.
Pero también surgen noticias falsas por motivos bastante más "inofensivos" como intentar hacerse viral o ganar "internet clout" (hacerse de un poco de relevancia en el mundo influencer), o lo que se denomina "click-bait" (una carnada para que el individuo se interese por la noticia y entre, generando así tráfico en un sitio web).
Y como el Internet da para todo, también se generan fake news por el simple hecho de "trollear", de hacer "shit posting", o crear "meme content"; algunos ejemplos son las recientes fotos de Elon Musk besando un androide femenino, o el video en el que Trump, Obama, Biden y H. Clinton juegan una partida de un juego online.
Y sí, por supuesto que esto siempre ha existido; la mentira, la falsedad, y la manipulación de los hechos no son fenómenos modernos, sino que son parte de la experiencia humana y desde siempre hemos convivido con personas o grupos de dudosa ética que interponen sus propios intereses y están dispuestos a actuar de forma inmoral o al menos cuestionable para alcanzar sus objetivos. La diferencia es que hoy en día, en una era en la que todo se vuelve viral en segundos, y la sobrecarga de información es tal, que es muy difícil checkear cada noticia o suceso para averiguar qué tan confiable es la información y cuál es la fuente, y prácticamente ningún ciudadano es capaz de mantener el ritmo o tiene el interés; amplificar los efectos de una mentira es más fácil que nunca, y una vez que se alcanza el objetivo de implantar una idea determinada, otro nuevo suceso toma protagonismo y éste rápido cambio de paradigma hace que el interés de las personas sea redirigido en otra dirección, logrando así dificultar a las masas discernir entre las verdades fabricadas y la verdadera verdad.
Si bien este fenómeno no es nuevo, el término "fake news" sí es bastante reciente y podríamos decir que esta práctica tuvo su auge durante las elecciones presidenciales americanas del 2016, cuando Donald Trump se enfrentó a Hillary Clinton. A partir de ese momento, el término fake news comenzó a sonar por todas partes; de pronto, más y más personas a lo largo y ancho del globo comenzaron a comprender de qué se trataba, y cómo podía afectar desde al más poderoso, hasta el más intrascendente.
Algunos ciudadanos comenzaron a visualizar el gran problema con el libre flujo de información; puede que nadie disperse noticias falsas sobre ellos y por ende no sean víctimas de una campaña de desinformación, pero, cómo saber que la información que están consumiendo, y en la que posiblemente basan al menos algunas de sus decisiones individuales, es realmente confiable, objetiva y tiene como único fin informar y no directamente influenciar su comportamiento o manipularles para que tomen cierta posición frente a diferentes sucesos que afectan a la sociedad?
Sin duda, los partidarios de la libertad de opinión, la búsqueda de la verdad, la objetividad y el pensamiento crítico tenían y tienen suficientes fundamentos para preocuparse, aunque irónicamente, en ese entonces y al igual que ahora, quienes comenzaron a sonar las alarmas y a alertar a la población sobre la importancia de enfrentarse al fenómeno de la desinformación, y que exigían la toma de medidas inmediatas por parte de las autoridades para combatir y evitar las fake news, parecen ser cualquier cosa menos partidarios de la libertad de expresión, del pensamiento crítico y la búsqueda de la verdad.
El auge de las fake news fueron la excusa perfecta para que los enemigos de la libertad pudieran finalmente empezar a alimentar al público la idea de que el direccionamiento intencional del debate público hacia lo "confiable, seguro y verificado" desde las altas esferas hacia abajo, es mucho más deseable que esta suerte de anarquía que era el Internet, donde cualquiera podía decir lo que quisiera. Las masas tienden a dilucidar la responsabilidad individual, y por tanto, ya no es competencia del individuo preocuparse por la calidad de la información que consume y lo que hace con ella, sino que son las autoridades quienes deberían proveer al público con información preaprobada en la que pueda creer ciegamente.
Las fake news fueron la excusa perfecta para justificar la intervención del Estado en el debate público y dictar qué temas son debatibles y cuáles no. Incluso fueron la excusa para que las autoridades pudieran intervenir en el funcionamiento de corporaciones como Twitter o Facebook, o en el caso de Reddit, que fue incluso un paso más allá y cambió todas sus políticas de moderación de contenido en base a los lineamientos del PCC (China posee más del 50% de sus acciones).
Poco a poco, el público comenzó a naturalizar estas intervenciones, sin siquiera cuestionarse si no habrían al menos algunos buenos motivos para pensar que en ciertas circunstancias, las autoridades podrían ver más conveniente mentir sobre determinados temas, o al menos ocultar información, y que al no tener acceso al libre flujo de información que el Internet anárquico permitía, eventualmente no habría a dónde ir a buscar la verdad. Es sabido que la masa tiende a creer en el "Estado Dios y proveedor" y por tanto, le es más difícil visualizar cómo los intereses gubernamentales no necesariamente se condicen con los de sus ciudadanos, y cómo en el afán legítimo de la ciudadanía de combatir la desinformación, le estaban cediendo gran parte de su libertad al Leviathan, algo que años más tarde terminaría de materializarse con la llegada del Covid en 2020.
La pandemia fue el epítome de la centralización de la información, y desafortunadamente, para cuando gran parte de los ciudadanos entendieron lo que significó haber aceptado progresivamente ceder el control del flujo de información a un pequeño grupo o grupo de personas en pos del bien mayor, ya parecía ser demasiado tarde y el proceso ya estaba completado. Los medios tradicionales sólo repetían una misma historia, las redes sociales desactivaban las cuentas que propusieran cualquier disidencia, las autoridades a nivel mundial se cerraban en un total oscurantismo y sólo se obtenía la información que estuviera preaprobada por ellas, y así, pasaron 2 años enteros donde las fake news ya no fueron un problema, porque en el debate público finalmente sólo se hablaba de la verdad.
Una única y confiable verdad.
Pero eventualmente la pandemia terminó, y algunos ciudadanos comenzaron a ver a través del velo. Paulatinamente, se le dio más y más lugar a aquellos partidarios de la libertad que originalmente visualizaron los problemas que traerían las fake news; fueron los primeros en alertar que el problema real no serían las mentiras en los medios o en las redes per se, sino que éstas serían la excusa perfecta para el avance del Estado sobre las libertades individuales.
Ahora que la pandemia había terminado, un gran número de personas finalmente entendió cómo eran realmente las cosas. Se encontraron con que tal vez la anarquía del Internet, ese wild west donde todo vale, era mucho más valioso de lo que jamás habían imaginado.
Y que tal vez aún no era tan tarde para tener algo de esa libertad de nuevo.
Afortunadamente, a pesar del panorama desolador de los años anteriores, en 2022 se vio un gran crecimiento en el interés general por el periodismo independiente y lo que se dice "periodismo ciudadano", las personas comenzaron a cuestionarse un poco más lo que ven en TV y lo que leen, surgieron redes sociales alternativas, más personas comenzaron a escuchar las opiniones de figuras que hasta entonces eran sólo conocidas y respetadas en su nicho y que frecuentemente eran descartadas como relevantes o confiables por el mainstream, e incluso con la adquisición de Twitter por parte de Elon Musk, parece haber una esperanza para la libertad de expresión.
Sin embargo, significa esto que los partidarios de la libertad hemos ganado, y que aquellos que buscar ejercer el control de las masas por medio de la centralización del flujo de información han sido derrotados?
Por supuesto que no. Una nueva batalla se avecina y esta vez va a ser mucho más compleja.
Bienvenidos a la era de los deepfakes.
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